LUCHO GATICA, NERUDA Y VARGAS LLOSA

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Lucho Gatica era un fanático de la obra de Pablo Neruda y desde mucho antes que el vate chileno obtuviese el Nóbel de Literatura. El cantante había llegado a México con 27 años, en 1955, pero antes había alcanzado fama en Chile interpretando “Contigo en la Distancia”, desde donde iría a Brasil que le elevó a la máxima popularidad con el tema “Sinceridad”. El bolero reinaba y se abría paso el movimiento del Bossa Nova. Gatica buscaba llegar a México, donde el primer tema que grabó “No Me Platiques Más”, lo puso en el lugar de los elegidos, nada menos que en la tierra del bolero, título que los aztecas disputaban a Cuba.
El chileno, rancagüino de nacimiento, pasó dos tercios de su vida en el país del norte. Con 3 matrimonios y 7 hijos, se hizo un espacio en la sociedad mexicana y en la música de Norteamérica. Compartió con Sinatra, Elvis y Nat King Cole, pero su pasión por la poesía de Neruda fue premiada en una cena con él, a fines de los años cincuenta, todavía soltero. En una entrevista en la televisión mexicana contó que “vivía en Ciudad de México cuando desde la embajada me invitaron a una comida con Pablo Neruda. Yo tenía 30 libros de su autoría, una colección de sus obras. Él estaba acompañado de su mujer y humildemente le pedí si podía autografiarme mis libros. Encantado, me respondió, pero cuando le dije que eran 30, pues con toda caballerosidad me citó a su hotel al mediodía siguiente, porque de noche salía para Chile. Así que concurrí puntualmente. Neruda firmaba sólo con tinta verde. Me firmó la colección de libros y me despedí de él, agradeciéndole su tiempo y dejando patente mi admiración por su obra. Neruda, para mí, es el más grande de todos”, diría en esa entrevista en 2012. Y luego comentó: ”Mis libros estaban en mi casa, pero una noche llegué y me los habían robado, se llevaron 29, solo me dejaron Canto General, que todavía lo conservo y quedará para mis hijos. Me robaron solo los libros, nada más”. Pasada una década Neruda ganaría el Nóbel de Literatura y transcurrido medio siglo de ese encuentro, Gatica recibiría la Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda, otorgada por el Gobierno de Chile.
Accidentalmente, además, el cantante chileno conocería a un libretista radial que el destino también distinguiría con el Nóbel de Literatura. Las calles aledañas a radio Panamericana en Lima habían sido cerradas, porque el auditorio de la emisora estaba repleto escuchando al bolerista chileno. En unas oficinas contiguas al lugar de la presentación del cantante, escribía libretos un joven veinteañero llamado Mario Vargas Llosa. “Estaba cantando la última canción , pues ese día terminaba una serie de presentaciones en la emisora. Las jóvenes se vienen como avalancha hacia el escenario, me llevan en andas y hacia atrás. Ahí estaba Mario, que ese día tenía una cena con la tía Julia. En el tumulto le rompieron la camisa y la corbata, y en el libro “La tía Julia y el escribidor” le dedica seis páginas a este momento, que fue cómo lo conocí”.
La versión de Vargas Llosa
“El paso de Lucho Gatica por Lima fue adjetivado por Pascual en nuestros boletines como “soberbio acontecimiento artístico y gran hit de la radiotelefonía nacional”. A mí la broma me costó un cuento, una corbata y una camisa casi nuevas, y dejar plantada a la tía Julia por segunda vez.
Antes de la llegada del cantante de boleros chileno, había visto en los periódicos una proliferación de fotos y de artículos laudatorios (“publicidad no pagada, la que vale más”, decía Genaro hijo), pero solo me di cuenta cabal de su fama cuando noté las colas de mujeres, en la calle Belén, esperando pases para la audición. Como el auditorio era pequeño –un centenar de butacas– solo unas pocas pudieron asistir a los programas. La noche del estreno la aglomeración en las puertas de Panamericana fue tal que Pascual y yo tuvimos que subir al altillo por un edificio vecino que compartía la azotea con el nuestro. Hicimos el boletín de las siete y no hubo manera de bajarlo al segundo piso:
–Hay un chuchonal de mujeres tapando la escalera, la puerta y el ascensor –me dijo Pascual–. Traté de pedir permiso pero me creyeron un zampón.
Llamé por teléfono a Genaro hijo y chisporroteaba de felicidad:
—Todavía falta una hora para la audición de Lucho y la gente ya ha parado el tráfico en Belén. Todo el Perú sintoniza en este momento radio Panamericana.
Le pregunté si en vista de lo que ocurría sacrificábamos los boletines de las siete y de las ocho, pero él tenía recursos para todo e inventó que dictáramos las noticias por teléfono a los locutores. Así lo hicimos y, en los intervalos, Pascual escuchaba, embelesado, la voz de Lucho Gatica en la radio, y yo releía la cuarta versión de mi cuento sobre el senador eunuco, al que había acabado por poner un título de novela de horror: La cara averiada. A las nueve en punto escuchamos el fin del programa, la voz de Martínez Morosini despidiendo a Lucho Gatica y la ovación del público que, esta vez, no era de disco sino real. Diez segundos más tarde sonó el teléfono y oí la voz alarmada de Genaro hijo:
—Bajen como sea, esto se está poniendo color de hormiga.”
Carlos Alzamora V.
Periodista
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